Leonardo da Vinci y su dragón mascota

El padre de Leonardo llamó a la puerta de su habitación. “Oye, ¿aún no has acabado el escudo? El hombre lleva más de dos meses esperando.”
“¡Un minuto!” gritó Leonardo. Ni siquiera su padre había entrado nunca. Era el taller de un mago y contenía secretos. “¡Vale! ¡Pasa!”
“¡Uf!” dijo su padre, llevando la mano a la nariz tan pronto como franqueó la puerta. “Huele fatal. ¿No te das cuenta?”

Y de pronto soltó un grito de horror. “¡Dios mío! ¿qué es eso?” Su vista estuvo fijada en una esquina de la habitación donde un monstruo meneaba la cola. Era un animal como ningún otro sobre la tierra. De hecho, era un dragón.
“Bien,” dijo Leonardo, quien había estado estudiando la reacción de su padre; y fue al monstruo, lo cogió, y se lo trajo. “Ya lo puedes mirar si quieres: he visto que espanta como debería.”

Era el dragón que había pintado sobre un escudo. Aparecía rugiendo y amenazando, con un aspecto tan realista que había asustado a su padre. “¡Increíble! “ dijo éste, que ya sonreía. Nunca se acostumbraría a las genialidades de su hijo. “¿Cómo lo hiciste?”

Leonardo subió las persianas de la única ventana de la habitación y dejó entrar la luz del día. En su mesa de trabajo estaban esparcidos los cuerpos y los trozos de docenas de bichos. “Hago mis propios animales,» Leonardo explicó. “Cogí de esta carpa las escamas, de este murciélago las alas y los dientes, y de este gallo la cresta; y los pegué en el cuerpo de este lagarto que encontré en el bosque. Y, como me pareció que necesitaba una cola más larga, le he adjuntado esta culebra. Cuando ya estaba armado el animal, lo apoyé sobre la mesa para poderlo pintar. Antes de que entraras, lo coloqué donde había poca luz para reforzar la ilusión, y como quedaste impresionado, estoy satisfecho. Espero que a tu amigo, el que nos ha encargado el escudo, le guste.”

Naturalmente a Leonardo le pesaba que su dragoncillo no viviera de verdad. Un día un guardés que trabajaba en los jardines de los Médici encontró un lagarto enorme y de aspecto demoniaco y se lo trajo. “¿A que parece uno de tus dragones pintados?” Inmediatamente Leonardo se puso a pensar en cómo podría mejorarlo y darle un aspecto todavía más monstruoso. Primero, construyó unas alas cubiertas de escamas y las pegó a la espalda del lagarto, de modo que, cuando el animal se movía, las alas se meneaban. Luego, le puso una barba, cuernos y ojos más grandes. Lo guardaba en una caja y “solía enseñarlo a sus amigos para sorprender y espantarlos,” dice su biógrafo Vasari.

Bosquejo de un dragon de Leonardo da Vinci, Universidad de las artes, Londres

 

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