La primera mañana en el patio de cantería

A pesar de las indicaciones de Sánchez, me costó encontrar el taller aquella primera mañana. Cuando salí de la boca del metro, la última de la linea, Madrid había acabado. Ya no había edificios, solo el campo vacío.

“Medio kilómetro más adelante, verás un camino a la izquierda,” había dicho. Tenía que haber mencionado el charcazo mojón justo donde comenzaba el camino, porque era lo suficientemente grande como para tragar un coche. Excepto unas chabolas de gitanos, con sus “jardines” de chatarra y trastos viejos, ni árboles había, solo una llanura con alguna hierba polvorienta.

Al fondo las hermosas montañas del Guadarrama marcaban el horizonte, vetadas de nieve, igual que las que pintó Velázquez en sus famosos retratos del Rey Felipe en el museo del Prado.

69_Velázquez_-_Felipe_IV_(Museo_del_Prado,_1634-35)El Rey Felipe IV de Velázquez (c.1635), en el Museo del Prado, Madrid (foto Wikipedia en dominio público)

Andaba con prisa. ¿Dónde diablos está el taller de Fernando? me decía. Mucho más arriba no puede estar. Llevaba en mis brazos mi pequeña figura de escayola y me iba pesando.

Fue el ruido el que finalmente me condujo al taller. Salía de un gran solar cercado de una pared de ladrillos rotos, con lonas arriba, sacudidas por el viento, y la enorme puerta metálica que habíamos franqueado la noche anterior Sánchez y yo. Desde un cuarto de kilómetro ya se percibía un murmullo; a los cien metros, los ruidos explosivos de un motor, con el tintín de los martillos y algún grito. Ya para cuando llegué a la puerta, el bullicio ya no parecía algo aislado sino un ruido ensordecer continuado.

Dí golpes fuertes en la puerta. Me abrió un pequeño hombre que llevaba un bigote como el del Caudillo para su distinción pero con una sonrisa de guasa que la quitaba. Era Pepe, uno de los hombres que serían mis colegas y maestros. Parecía esperarme y me condujo a través del patio, sin mediar palabra. Una docena de hombres estaban trabajando mientras cantaban y creaban polvo, los hombres a que pronto conocería. Luis, Ángel, Jacinto, Nicanor, y otros. Cada uno se ponía con su bloque de piedra que descansaba sobre dunas de polvo y cascotes de piedra. A pesar de su propio ruido, me habían sentido entrar, y pararon para escuchar bien, martillo en mano. Toda clase de gente entraba por esa puerta a diario y les proporcionaba entretenimiento. Después, satisfecha su curiosidad, cada hombre, lentamente, con gran dignidad, se subía el pantalón, y daba una vuelta más al trapo que protegía la mano que cogía el martillo. Luego volvía a sus sueños y sus canciones, dando martillazos a su piedra o “afeitándola” con el martillo neumático. Comenzaban a volar las esquirlas y soplaban nubecillas de polvo blanco por el patio.

Landscape

WPA Arts Project, cantero sacando una figura de un bloque de mármol, New York City – NARA – 196796 (foto Wikimedia en dominio público)

Fernando se encontraba arriba, trabajando sobre una gran piedra redonda, y bajó cuando me vió. “Deja tu figura sobre aquella piedra para que la veamos,” dijo. Él estaba cubierto de polvo blanco y había trocitos de piedra en los ojos, que no parecían molestarle. Coloqué la figura en la piedra, plana como una mesa, y la descubrí, a la vez orgulloso y avergonzado. Era una de mis primeras figuras. La había modelado en arcilla en la residencia donde vivía, y luego hice una copia de escayola, por la técnica que llaman el “vaciado”, también una de mis primeras. Era de un toro tumbado, un toro de lidia, por supuesto. “¿Conque te gustan los toros?” dijo Fernando, sonriendo. “En qué mármol lo vas a hacer? ¿Negro? Ven.” No hizo ningún comentario sobre el mérito artístico de la obra. Claro que no, no le competía. Pero el artista lo echó en falta.

Toros_de_Baltasar_Iban_pour_la_corrida_d'AlèsToros de Baltasar Ibán en  Saint-Martin-de-Crau para la corrida de Arles, Francia (foto CC-BY-SA de Alain MISTRAL)

Fuimos a ver una roca gris muy irregular, tirada sobre un montón de esquirlas de mármol. “¿Te gusta este?”
Encontró por el suelo un trozo de goma espuma, lo sumergió en un cubo de agua sucia, y dio una pasada sobre la superficie de la roca. Como de magia, apareció una mancha negra brillante que, como una ventanita, mostraba lo que la roca llevaba por dentro, sus vetas y color verdadero. “Se pondrá aún más oscura cuando al final la pulas y des brillo, “ dijo Fernando, “pero ya tienes una idea.”

Cuando me agaché a coger la roca, Fernando me lo impidió. “Deja que lo haga Pepe. No vaya ser que te cogas una hernia.” Llamó a Pepe y le ordenó que llevara la roca a una esquina del taller y que allí me instalara. A continuación, Fernando se subió de nuevo a su capitel y oí comenzar el ruido de su martillo neumático.

Pepe, el lisonjero, hizo halagos de mi pequeño toro de escayola. “Torito,” dijo, riendo ahogadamente y dándole caricias. “¿Te gusta España?” Colocó la piedra gris al lado de mi modelo en una mesa, que calzó con cuñas de madera. Me aseguró de que una vez copiado mi torito en el mármol, quedaría “divino”. “Ya verás,” dijo con certeza. Esto, dicho por un hombre que sin duda había visto cientos de estatuas terminadas y pulidas, me animó mucho.

Habiendo cumplido las órdenes de su jefe, Pepe se fue a otra parte del taller. Y yo me quedé parado, esperando instrucciones. Me puse a mirar tranquilamente el taller y la actividad de los canteros…

Capítulo siguiente: Viendo trabajar a los canteros

 

 

 

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